lunes, 11 de julio de 2016

la entrega



La figura estaba casi arrinconada en una de las estanterías bajas de mi estudio. No es muy grande, algo más de un palmo de alto. El barro violeta, áspero al tacto y a la vista, le da una fuerza especial.

Hice el comentario sin mucha convicción mientras se la enseñaba a una amiga:
- Es Isaías.
En mi mano, la imagen de un hombre enjuto, enfadado, con un niño pequeño sentado en su brazo izquierdo, que se agarra a su cuello y esconde la cara en su hombro; el brazo derecho abierto hacia fuera, siguiendo la mirada del hombre, como si tuviera la mano extendida y crispada en un gesto violento de parar a alguien, de detenerlo para defender al niño… Como si tuviera, porque no hay brazo derecho; acaba justo después del hombro.
- Un profeta del pueblo de Israel que vivió hace casi tres mil años. También es recordado por su defensa de los huérfanos y las viudas, los más débiles…
Noto que hablo con desgana. Siento el peso de la figura, y su textura. Comencé a modelarlo casi como un ejercicio de manos, para no estar parado. Ni siquiera la idea de modelar un profeta había sido mía. El barro se dejó hacer, aunque no quiso piernas: la figura acaba más o menos a la altura de las caderas. La mano izquierda, delgada y nervuda, se me afiló un poco más de lo que quería, pero le daba fuerza. El rostro salió enseguida. Alargado, con una breve barba, la boca entreabierta, la mirada iracunda, indignada.

Hasta que llegué al brazo derecho. 
No hubo manera. Tenía –y aún tengo- la imagen exacta de lo que quería modelar. Un brazo fuerte extendido, la mano abierta, crispada… Pasaba el tiempo y no lograba modelar ese brazo y esa mano. Hasta que llegué a ese punto que siempre me obliga a decidir: por un lado, sé que puedo modelar lo que quiero, pero ¡no estoy pudiendo! Por otro, algo me dice que ahí se acaba el trabajo, que el barro se empeña en que sea así y que no voy a poder vencerlo, y que no es abandonar sino aceptar, y que eso es por algo, algo que casi siempre se me descubre en el momento más inesperado. Y acabé la escultura sin brazo. La llevé a cocer -casi excusándome ante la ceramista que me alquila su horno-, y acabó arrumbada entre otras piezas.

 - ¿Isaías?
Mi amiga no dejaba de mirarla.
- ¿Te gusta?
Le hice la pregunta sorprendido de su atención por la pieza. Estaba como fascinada, como si la pequeña escultura le hubiera tocado en algún lugar inesperado. No dejaba de mirarla.
“La miro, la remiro desde todos los ángulos, la toco con los ojos abiertos, con los ojos cerrados... Aún no puedo creer el milagro de ver ahí, materializado, un sentimiento mío tan profundo...".
No podía saber lo que pasaba en ese momento por su corazón, pero sí que la pequeña escultura de barro había encontrado su lugar, y había dicho la palabra que tenía guardada. Una palabra que no era mía, ni suya, que se iba a desvelar desproporcionada, inmensa, llena de vida.
"Si hubieses podido modelar el brazo, esta escultura representaría mi deseo, mi fantasía... y me habría gustado. Así, mutilada, impotente, representa mi dolor más profundo… “.
Tuve, de nuevo, una clara y agradecida sensación de ser instrumento. De haber respondido, sin saberlo, a un encargo que me sobrepasaba. Creo firmemente que somos amados por un amor más fuerte que la muerte; y que ese amor estaba hablando a mi amiga a través de esa pequeña escultura. Sin yo saberlo, Dios me había hecho un encargo hacía meses y hoy era la entrega.

No lo dudé.
- Cógela. Es para ti.

viernes, 1 de julio de 2016

huellas (II)

La lluvia se incrustaba en el suelo con pesados goterones. Al principio dejaban grandes círculos, aquí, allí, levantando el polvo del ancho sendero en leves nubecillas. Como persiguiéndose, las gruesas gotas iban oscureciendo el suelo a la vez que el cielo se tornaba más pesado, más próximo, más agobiante. Pronto el rumor de la lluvia llegando, y el olor a tierra húmeda, y el ritmo hipnótico de las gotas, fueron invadiéndolo todo, transformándose, casi de repente, en una avalancha de agua cada vez más espesa, más fría, más hiriente. La tormenta iba alzando la voz, nombrándolo todo como estruendo, como ceguera, como temor. Tan deprisa. Tan violento. Tan oscuro. 
El aguacero siguió toda la noche sin tregua, ahogando todo ruido y todo horizonte. En lo que hacía unas horas había sido un sendero, los pies marchaban cada vez más despacio, cada vez más tozudos. Helados y cansados, no podían encontrar refugio en aquel páramo, no podían detener en ningún sitio su frío, y su miedo, y acallarlos al menos esa noche. La tormenta enmudecía los gemidos de los niños, y hombres y mujeres callaban, apretando los dientes y a sus criaturas contra sus ropas empapadas, arrastrando casi sus bolsas, sus maletas atadas con cordeles, sus mochilas improvisadas… El camino se quedaba pegado a sus pies, a sus zapatos, a sus botas ajadas, y tenían que desgajarlos en cada paso, sin volverse, sin rendirse. 

Y en el silencio interior de cada uno, más allá del ruido de la lluvia, de los truenos, junto a unas lágrimas inacabables y casi siempre invisibles, el rumor de los pasos por la casa, y el calor del fuego, y las mantas secas, y las manos juntas, y las charlas interminables en la entrada de la casa, y el olor a la cena a medio preparar impregnando la tarde, y de pronto los gritos, y otra vez las explosiones, y el fuego, y las manos llenas de machetes, y las balas, y el odio, y correr a esconder a los más pequeños, y correr, y correr sin parar, al fin, días y días, mirando atrás y adelante a la vez, mezclándose el terror y la esperanza, y de nuevo las lágrimas, y el frío, y la lluvia, y el ahora de barro y agotamiento, y al final como una larga sombra entre la lluvia que se va difuminando, alejando, desapareciendo, y luego solo la lluvia, y barro, y noche. 

Va amaneciendo y el barro es ahora sólo barro, y la luz tenue del alba es solamente tenue. Ha dejado de llover hace un par de horas y el sol que promete el horizonte irá secando el camino, los surcos, los charcos. Esa masa informe de pisadas y resbalones casi ilegibles irá endureciéndose poco a poco, y las huellas irán cediendo su presencia al viento, al paso de otros pies, a otras lluvias sin testigos. El rastro modelado por la huida, por cada empeño de vivir que no puede olvidar, y de eso vive, habrá tenido su momento, y habrá sido apenas memoria, y al final, sólo camino.

Hoy no queda nadie. Pero aún puede escucharse la historia de aquella tormenta, y de otras muchas. Pero es necesario que el cuerpo, y el corazón, se abajen despacio hasta tierra, en el centro del camino, el rostro junto a las huellas invisibles, el pecho latiendo junto al polvo. Porque sólo así, postrados ante el dolor, podemos transitar la memoria de las cosas. Y suplicar que esa dura piel que nos marchita se quiebre, y brote la vida, para todos, de lo más hondo del barro que todos compartimos.





huellas (I)



Seis de la mañana. Me ha despertado un ruido áspero e inesperado. Un quitanieves pasaba por delante de mi casa raspando el asfalto y empujando hacia un lado más de un palmo de nieve. Los enormes copos caían tozudos espesando el paisaje. Enfrente, en el parque, todo empezaba a ondularse.
He intentado ir a trabajar en bici, como cada mañana, como si hoy fuera igual que ayer, pero la rueda de atrás, creo que providencialmente, ha amanecido pinchada. No he visto ningún autobús en el atasco de más de dos kilómetros que se iba cubriendo de nieve delante de mi portal, así que me he ajustado bien los guantes y la capucha del impermeable, y he empezado a andar. Apenas me cruzo con nadie y disfruto de lo que veo, y de la nieve lenta que me cae encima, del silencio que hace de una nevada un momento íntimo precioso. De pisar, con un leve crujido, donde aún nadie ha pisado. De ver desvanecerse en la mano los grandes copos.
La gente se arrima a las marquesinas de las paradas del autobús, todos con la cabeza girada a la izquierda, todos impacientes, todos tarde. Más adelante, al empezar la larga cuesta que sube a la ciudad, me encuentro con pequeños grupos de personas que caminan por la nieve, unos despacio, prudentes, otros torpemente apresurados. Me uno sin buscarlo a ese montón de figuras recogidas, como si la nieve impusiera un silencio monacal entre nosotros.
El suelo está lleno de huellas, unas sobre otras, algunas ya agua, otras casi intactas. He pensado muchas veces en las huellas en el barro, en su modo casi siempre efímero de contar un camino, un empeño, una huida, un reencuentro. A veces la huella en el barro permanece, endurecida, muchos días, hasta la siguiente tormenta, y se empeña en recordar que alguien estuvo allí, grande o pequeño, y hacia dónde iba. A veces intento encajar mi pie en esas huellas resecas, o pongo mis manos sobre esos pies ausentes. A veces me pregunto, mirando hacia atrás, de qué hablan mis huellas, y cuánto tiempo podrán contarlo. A veces busco, y no queda ninguna.

Miro hacia delante y este grupo diverso y desparramado me pone en el corazón la presencia de tanta gente que está hollando una tierra que no le acoge, peregrinos sin más rumbo que un paso detrás de otro o que unas huellas inseguras que les han precedido. Ahora, y hace años, y hace cientos, miles de años. Pies sin hogar que no tienen más voz que unas huellas, huellas que este invierno se rodean de blanco, y apenas duran unas horas, unos minutos. El barro, el polvo, la nieve, hacen silencio, y las huellas se amasan de ese silencio y se desvanecen, así del suelo como de nuestra memoria, y no queda nada. Presencia efímera del que no conoce destino, del que camina con pies de dolor, de miedo, de esperanza. Sólo ausencia.
Siento como si me pisaran miles de pies en las entrañas, y hace tanto frío allá afuera que parece que nunca se borrarán tanta huella, ni tanto grito, ni tanto olvido. Miro a mi alrededor. Todos llegaremos tarde hoy al trabajo, y hablaremos de la nieve, y del frío, y saldremos a tomar café con ese cuidado especial que nos encoge para no resbalar en las aceras nevadas. Nuestras huellas se irán borrando, la ciudad estará todo el día hecha un asco, y los quitanieves harán el resto. Y de algún modo nos sentiremos aliviados.

Miro otra vez las huellas frente a mí. Duele, pero ojalá no dejara de nevar nunca.

jueves, 30 de julio de 2015

pasar por el fuego

A veces me paro ante las estanterías donde voy acumulando pequeñas esculturas, restos de arcilla, botes de lápices, pinceles y palillos de madera, cajas llenas de trapos... en un rincón que hemos tomado prestado a la cocina, y que llamamos, con una buena dosis de humor e imaginación, “mi estudio”. He cogido una pequeña pieza de terracota cocida, algo mayor que una nuez. Parece una cabeza de tortuga, o quizás de algún pájaro exótico. Apareció hace unos años, semienterrada en algún lugar de las montañas de Honduras, muy cerca de la costa, en una zona en la que no es excepcional encontrar restos de cerámica. No recuerdo quién me la regaló, pero la guardo desde entonces entre mis cosas. 
Al principio me impresionaba mucho tenerla en las manos. Parece muy antigua. Si es una pieza original maya o papayeca, puede que tenga medio milenio, incluso mucho más. Está perforada de lado a lado, como si fuera un colgante. Me he preguntado muchas veces qué será, si sólo un adorno, o un objeto religioso, o parte de algo mayor… He cerrado los ojos, siguiendo su tacto y su contorno con los dedos, sintiendo.
Voy sintiendo su superficie con el barro aún húmedo, sentado en el suelo fresco de la mañana junto al arroyo que me proporciona esta arcilla algo áspera y aún rojiza. Sonidos de selva a mi alrededor amortiguados por el trabajo silencioso de las manos que me absorbe entero. El sol va avanzando por mi espalda a la vez que mi sombra retrocede hacia mí, buscando su sitio bajo mis pies. Las yemas de mis dedos encajan perfectamente con el gesto que ha dado forma al pico, y a los ojos.
 Hay otras piezas en el suelo, a mi lado, secándose. Miro mis manos resecas por el barro y recibo su aspereza con agradecimiento. Vuelvo a humedecerlas en el arroyo y sigo con mi trabajo, ahora más minucioso. Mañana por la noche prepararé el horno, y cuando entierre las piezas entre las ascuas y tape todo para que el calor haga su trabajo, volveré a sentir, a pesar de haberlo hecho decenas de veces, la misma inquietud de siempre, ese cosquilleo que acompaña al trabajo silencioso del fuego invisible. Mientras, mis manos han seguido trabajando, y esta pequeña cabeza de pájaro ha tomado ya su forma y su textura. La dejo entre las otras piezas, y me pongo de pie. El sol ya me ha devuelto mi sombra casi por completo, y me inclino ante él, agradecido. Entro en el arroyo y dejo que su frescura me rodee.
Con mi negro pelo goteando aún, me siento a la sombra. Miro las piezas, pronto estarán cocidas y listas para usar. Me pregunto cuánto tiempo durarán, porque sé que un día mi sombra se alejará con el último sol de la tarde y ya no podrá retornar a mí, y yo me iré también, como se fueron mi padre, y mi abuelo, y el pequeño que apenas vivió unas horas y que no pudo con la noche. Me pregunto si alguien recordará todo esto dentro de mucho tiempo, cuando este lugar ni siquiera sea como es ahora. Puede que estas pequeñas piezas resistan el tiempo, o se quiebren, o se pierdan y queden enterradas por las tormentas de la tarde. Y puede que mucho, mucho tiempo después, alguien encuentre alguna de ellas. Me pregunto si nos recordarán, entonces, a nosotros. Si podrán intuir la aspereza de mis manos, mi sombra asustadiza, el don que me posee y que ofrezco a los míos día tras día, y la alegría que permanece siempre en mis manos.
Cierro los ojos y siento algo parecido a esa sensación que me acompaña siempre junto al fuego invisible que lo transforma todo. Madre la llama esperanza, y dice que habita justo más allá de todo lo que existe. Sé que recordar no nos retorna de la muerte, y deseo permanecer -porque no sé qué es no estar vivo, no sentirse agradecido- y pasar si es preciso por el fuego y la lluvia, y la tierra. Madre no sabe cómo, pero está segura de que nada que sea amado puede desaparecer del todo.
Dejo la pequeña terracota en mi estantería. No, el recuerdo no nos devuelve a la vida. Y creo firmemente que somos amados por un amor más fuerte que la muerte. Coloco mi esperanza junto a la suya, y junto a la de madre, sintiendo cómo atraviesa el tiempo y el espacio, y nos hace uno.
Miro la pequeña terracota, y me siento enormemente agradecido.

jueves, 23 de julio de 2015

cicatrices

Un desastre completo. Al abrir las puertas del horno de cerámica, dos de mis cuatro esculturas han estallado, sí, literalmente, y se han llevado por delante a una tercera. Con el ceño fruncido, amontono los trozos, aún templados por el calor de la cocción, sobre la mesa, y voy separándolos, como en un rompecabezas, mientras intuyo qué puede haber pasado. El enfado por mi propia torpeza, y la frustración, han tenido el tiempo justito de expresarse y apartarse, y ahora la mirada, las manos, las sensaciones, juegan con las piezas en una inesperada prolongación del proceso creativo.
Lo peor son los trocitos, son decenas, y muchos de ellos ya no van a poder encontrar su sitio. Los fragmentos más grandes van encajando y poco a poco las figuras vuelven a ser reconocibles, pero las grietas y los pequeños huecos dejados por las esquirlas que no encuentro son evidentes.
Buscando cómo deshacer tanto destrozo, me viene a la cabeza la imagen de unos cuencos de cerámica rotos y pegados con resina mezclada con oro, un antiquísimo quehacer oriental llamado kintsugi. Es una imagen hermosa, e imagino la terracota y el oro, las líneas doradas, brillantes, pulidas, que embellecen lo roto y le dan un valor mayor y admirable… Me siento deslumbrado, y paso los días planeando cómo hacerlo con mis figuras rotas.
Pero algo chirría por dentro. Es un aviso que conozco, y he parado todo, dejando pasear la mirada por mis estanterías, mis cajas de material y mis sensaciones. Busco. Me abro y espero. Escucho.

Han pasado un par de meses. He comenzado a encolar las piezas con cuidado, en el orden preciso para que todo vaya encajando. Cuando las piezas están bien unidas y todo lo completas que este peculiar rompecabezas me ha permitido, y la cola ha secado, voy rellenando las grietas con otro tipo de arcilla, que no necesita el horno para endurecer. Espero que todo se seque, lijo despacio igualando las superficies, soplando para apartar el polvillo. Miro despacio el resultado, adivinando las líneas quebradas en un tono ligeramente distinto. Paso la yema del dedo por la superficie, apenas alterada, dejando que los sentidos entiendan lo que encuentran. 

Y, una vez más, me reconozco. No son piezas reparadas, no lucen pulidas grietas de oro que les dan valor y prestigio. Son las mismas figuras, la misma expresión, el mismo reflejo de las emociones, tensiones… que de un modo inesperado y humilde, me han regalado sus cicatrices.





jueves, 16 de julio de 2015

al principio de todo

Vivían en una cueva grande, suficientemente profunda para que les protegiera de la lluvia y del viento. Y de los animales. Y de la noche. Suficientemente alta para que el humo se desvaneciera con la oscuridad de allá arriba. Era una buena cueva.
Cuando llovía, o al derretirse poco a poco la nieve de los días más silenciosos del invierno, un murmullo de agua caía por una de paredes de la cueva, evitando tener que salir hasta el río, unas decenas de metros más abajo, para beber. Pero en los días de calor, el fluir del agua por la pared cesaba y era necesario andar entre los matorrales hasta el vado para calmar la sed.
La chiquilla bebía en el borde de la corriente. Pensaba qué bueno sería poder tener el agua en la cueva, y no arriesgarse a salir cada día hasta el río. Mirando sus manos juntas y ahuecadas al recoger el agua y acercarla a los labios, algo se encendió tras sus ojos. Miró a su alrededor buscando, sin saber aún exactamente lo que pudiera ser. Pero no encontró nada a su alrededor, y la imagen empezó a desvanecerse.
Al levantarse y volverse hacia la cueva, vio sus pisadas en el barro de la orilla. La luz tras sus ojos brilló un poco más, tomando un color arcilloso y brillante. Se agachó para coger una de sus pisadas llenas de agua, pero el barro se desmadejó al intentar levantarlo en sus manos. Frunció el ceño, y volvió a intentarlo. El agua y la arcilla se deshicieron entre sus dedos. Volvió lentamente hacia la cueva con el ceño fruncido.
Al día siguiente bajó de nuevo al río. Unas huellas más grandes se repartían por el vado, llenas de agua; pero el barro a su alrededor se había secado y endurecido. La luz volvió a encenderse. Se sentó y comenzó a tocar el barro. Al rato, se acordó de que el lugar no era seguro. Cogió un gran trozo de barro húmedo y volvió a la cueva.
Durante varios días lo había intentado muchas veces, pero el agua siempre acababa desapareciendo de aquellos trozos ahuecados de arcilla que trabajaba con facilidad, y que intentaba que fueran como sus manos juntas. Ahora la noche bordeaba la entrada de la cueva, y la única luz era la del fuego que iba descendiendo poco a poco. Todos dormían. Miró su último hueco de barro. Era liso, uniforme, el más bonito que había hecho. Mañana estaría seco y volvería a llevarlo al río para llenarlo de agua. Sus ojos se ensombrecieron: sabía que el agua se escaparía poco a poco y sólo quedaría una forma vacía y deformada. Lo dejó junto al fuego, echó un tronco grande que duraría toda la noche, sintió agradecida el calor de la hoguera, y se tumbó vencida por el cansancio.
La noche había avanzado. Las llamas de la hoguera jugaban a perseguirse, haciendo que todo se moviera a su alrededor. Todos dormían.
El fuego miró a la niña. Era una buena niña. Siempre se ocupaba de darle ramas, troncos, cortezas, para que no se apagara. Ahora ardía con fuerza, y algo parecido a la alegría le atrapaba desde dentro. Había contemplado a la niña y ese juego extraño con el barro. Era una buena niña, y él se sentía agradecido. Dudó un instante, y sonrió. Una llama se elevó un poco más, crepitando como una pequeña risa: “Eres una buena niña. Te regalaré uno de mis secretos.”
El fuego retrocedió un instante, y saltó atrapando con fuerza el tronco. Las llamas comenzaron a crecer, cada vez más poderosas, iluminando la cueva. La niña se movió entre sueños y volvió a quedarse inmóvil. El fuego subió, creció desde el centro del tronco, rodeando el cuenco de arcilla, que comenzó a iluminarse con un rojo vivo, brillante, como si el mismo fuego penetrara y se fundiera con él, transformándolo en luz. A su alrededor, cada objeto, cada superficie, se agitaban y saltaban en una melodía vital, en una danza de fuego, de rojo y sombras, de azul y blanco, de crepitar y de pequeños estallidos que se apoderaban del espacio y del tiempo…
Despertó con la primera luz. La hoguera mantenía una breve llama, silenciosa, inocente, bailoteando entre las ascuas. A su lado, casi cubierta por las cenizas aún templadas, vio su cuenco. Tenía un tono distinto, y al cogerlo sintió la tibieza de la superficie endurecida. Miró extrañada la arcilla entre sus dedos. Luego, despacio, miró al fuego. Una pequeña llama se desprendió hacia arriba, como un guiño, y la luz tras sus ojos volvió a brillar.
Cogió el cuenco y corrió al río, riendo y bailando.

viernes, 3 de julio de 2015

lecciones de anatomía

Cualquier día de estos voy a tener un disgusto. Ya he recibido alguna mirada entre interrogante y molesta en el autobús, camino del trabajo, o en el patio del colegio esperando a los niños. Es verdad que no se trata de nada oscuro o inconfesable, pero ellos no lo saben. Ellas tampoco.
Tengo más o menos controlado el asunto en lo cotidiano. Pero ha empezado la temporada de piscina, y tengo que estar alerta como nunca en mis observaciones. Intento, desde luego, ser discreto, pero es que me fascina tanta lección de anatomía.
Me tiene encandilado la increíble variedad de formas y matices de cualquier cuerpo, hasta el punto de que a veces he pensado que no hay dos personas con el mismo número de músculos. O quizás es que no estén colocados en el mismo sitio. No me paro apenas en los cuerpos tumbados y quietos, a punto de humear bajo el sol implacable. La vista deambula y se tropieza en las posturas, los perfiles, los cuerpos en movimiento, o mejor dicho, detenidos en mitad de un movimiento, en ese instante en el que el cuerpo se ofrece en una posición inusual, siempre nueva...
Cuando estoy en estas, esa mirada continuada -que inevitablemente acompaña a mi quehacer con la escultura- casi siempre desencadena un proceso que se inicia de modos muy diversos: una cicatriz o un tatuaje, unos pies deformados, un cuerpo de cine, una madre junto a su hija adolescente, la suave curva de una espalda, un modo de andar, una risa que lo invade y lo agita todo…. De repente, vienen las historias. Vividas o por vivir. Imaginadas siempre, aunque uno pudiera aventurarse a narrarla, aun sabiendo que se equivoca. Y de las historias, a la presencia. A esa presencia protagonista de una historia real, breve, larga, intensa, mediocre, desconocida, que ha dejado o va dejando, o quizás deje, su rastro en ese cuerpo, en esos gestos. Y que inconscientemente se me ofrece así, tan levemente.
Miro mi propio cuerpo, las manos ya adultas que me recuerdan tanto a las de mi padre, aunque no se parezcan; mi barriga cincuentona que hasta hace poco era incipiente, los pies endurecidos, el pelo entrecano y liso, las muchas pequeñas cicatrices en mi piel… Giro la cabeza buscando a los niños. Allí siguen, en los toboganes de la piscina, una y otra vez lanzándose al agua sin cansarse. Sonrío y vuelvo a pasar la vista en torno mío.
A veces, mirando así a la gente, me invade la ternura.
Toda una lección de anatomía.

viernes, 26 de junio de 2015

como un pájaro que entra en un bosque

Su voz es grave, algo rota. El pelo encrespado, gris, negro, blanco, barba breve y canosa, piel oscura de caribe cubano y sonrisa amplia. Manos lentas, como todo su cuerpo grande cuando habla. Pasa ya los sesenta. Cálido. Seguro. Abierto. Así deja fluir Alberto Lescay recuerdos, sensaciones, reflexiones en torno al arte y al oficio de artista. Su voz es como un pájaro que te acompaña al entrar en un bosque que apenas conoces. Escucho y siento que algo conecta aquí, en los adentros.
Al ritmo poderoso, y a la vez leve, de su voz, recuerdo cómo al principio, cuando empecé a modelar, me rondaban fantasmas que no podía dominar, y su insistencia reclutaba los nombres más exactos: Rodin, Miguel Angel, Oteiza, Bernini… llenando mi presente con ideas voraces de impotencia. Yo pensaba que había que triunfar, y me inventaba -porque nunca somos profetas cuando tememos tanto, aunque acertemos- la seguridad de no lograrlo. Y esos miedos encogían por dentro mis manos, y hacía que todo se paralizara.
Pero el barro y su sutil insumisión, y también –intuyo- una cierta apertura de niño, fueron atrapando los sentimientos, los gritos, las miradas interiores, y transformándolas en esculturas. Esculturas que miro y reconozco. Me reconozco.
Pero son tercos los fantasmas, sin embargo. Según se diluían los miedos a esos fracasos, aparecían otros: ¿quién va a querer tener en su salón la escultura de un tipo desgarrado, atado, incapaz de gritar o de liberarse? ¿Cómo poner junto a la tele la escultura de un ciego atrapado por el miedo, tirado en el suelo, intentando protegerse con un brazo? ¿Es que alguien va a pagar para tener a un tipo hundido y atrapado entre barrotes en su mesa de trabajo?
La voz profunda de Lescay sigue guiando por el bosque: “La base del arte es la honestidad: tratar de hacer solamente lo que siento, expresar sentimientos, registrarse profundamente y devolver algo a otras personas y a uno mismo. Devuelves lo que tienes”.
Y entonces, ese deambular de fantasma en fantasma se ilumina como con una luz poderosa e inmóvil que invade nuestro hueco del bosque, y nos desvela un lugar para vivir. Para caminar. Para volar.
Alberto Lescay adelanta levemente el cuerpo, y las grandes manos parecen sonreir: “Como un pájaro  que entra en un bosque, que busca ser feliz, y empieza a volar”

lunes, 27 de mayo de 2013

quiero hacer eso

Nunca había modelado en la calle. Una mesa, una silla, mis bártulos, un gran montón de arcilla y frío, pero qué frío, era el escenario de esa tarde de viernes en el centro de Pamplona. Ainhoa y yo modelando, Beatriz, Raquel y  Javier con sus cuadros. A nuestro alrededor, tres escenarios con música y espectáculos de lo más dispar. La radio celebraba sus ochenta años, y ahí estuvimos dando espectáculo.

Viento del oeste (creo, a mí me entraba por la derecha) que secaba la arcilla y la cuarteaba. Un montón de personas alrededor, viendo surgir la figura de entre mis manos. Niñas y niños con una pizca de vergüenza algunos, con toda la vergüenza o sin ninguna otros, casi todos con un trozo de arcilla fría como la tarde caldeándose en sus manitas. Los adultos miraban, comentaban, preguntaban.

Mi pieza, un hombre desnudo sentado en el suelo, iba tomando forma. Primero hacia delante, los brazos rodeando la rodilla levantada. Luego, los brazos apoyados atrás, el cuerpo hacia un sol que nose dejaba ver... No llegué a ponerle cabeza, y aún la espera en la mesa del “cuarto de las esculturas”, esa pequeña habitación que compartimos el barro, los libros, el ordenador, la bicicleta estática y algún trasto más; tengo otra pieza que llegó antes y que está  por terminar, así que cada cosa en su momento (parezco ordenado, pero es sólo un espejismo: más de una escultura ha acabado sin cabeza, por decirlo de algún modo).

Un grupo de jóvenes, rondando los ¿veinte años?, comentaban tímida y animadamente (eso sólo se consigue a esa edad) sobre las esculturas que tenía en mi mesa, sin terminar de acercarse. No sé de dónde me salió la pregunta: “¿Estudiáis Bellas Artes?”.  Asintieron ellos y ellas, con lo que me pareció un punto de complicidad. Les pregunté qué querían hacer cuando acabaran los estudios, si escultura, talla, pintura... Uno de ellos me miró, señaló mis figuras, y dijo: “Eso”.  Otro asintió. Y éste volvió a repetir, convencido: “Quiero hacer eso”.


La tarde fue transcurriendo con su frío, su gente, un café calentito y un bollo que me trajo mi suegra... y junto a la sensación de estar haciendo algo realmente divertido, la de estar haciendo, una vez más, algo hermoso.

viernes, 28 de diciembre de 2012

lo que nos hace hermosos


Al principio modelar era empezar un juego.

Lo recuerdo así desde siempre. Primero una bola, con las dos manos, luego hay que aplastarla, o quizás no, pero recuerda que hay que amasarla mucho mucho... Los primeros intentos acaban de nuevo en una bola un poco más reseca, mira, tienes que mojar el barro, que se agrieta, es que hago churros y se me rompen, mételo en una bolsa de plástico cuando acabes, y así voy aprendiendo, de manos de mi madre, que el barro, a cuenta de hacerse y dejarse deshacer cien veces, tiene que ser tratado con cuidado, con el cuidado que precisa, y no con otro. Poco a poco, las formas, las figuras, me van cautivando, llenando de posibilidades la imaginación, haciéndome más utiles y hermosas las manos. Y a mí, de algún modo, también.

A veces me encuentro la bola de barro endurecida, mi tiempo ha sido para otros juegos, y ya no hay manera, al menos mis ocho años no la saben, de volverla blanda, útil, divertida. La mojo y no logro llegar al centro de la bola, sólo un poco por fuera, se me escurre todo el rato... con barro hasta las muñecas, cambio el juego a poner la palma de la mano manchada sobre el papel y olvido la bola en un gesto de despiste que me acompañará todos los años.

Al principio era un juego, y a fuerza de crecer, de tomar otros caminos, de ser aconsejado hacia una vida distinta y más segura, a ser animado a dejar los juegos para el tiempo de los juegos, el barro va quedando escondido, va endureciendo inevitablemente, va siendo olvidado.

Al principio modelar era empezar un juego, y poco a poco supe que tenía que vivirlo de nuevo, porque igual que se endurecía año tras año la arcilla en mis estantes, se me estaba endureciendo el alma, y ya no había manera, al menos mis cuarenta y tantos años no la sabía, de volverla blanda, útil, divertida.

Ahora no importa cuál fue el camino, quizá en otro momento. Estoy aquí. Y aunque todavía asustado, voy cumpliendo -a veces aún bastante torpemente, he de decirlo, y con más alegría cada vez- la promesa que me he hecho a mí mismo de no volver a dejar que se endurezca ni uno solo de los trozos de barro que se me regalan para vivirlos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

cuando se nos regala


Al principio creemos sólo en lo que vemos con nuestros ojos pequeños.

A veces, cuando la memoria nos invita, lo que miramos nos habla de otras cosas. De momentos, de personas, de sensaciones, que parecían perdidas y sólo estaban guardadas. Recordamos. Revivimos de alguna manera lo recordado. De alguna manera.

Otras veces, lo que miramos se deja invadir, nos da paso y nos desvela algo inesperado. Detrás de lo que contemplamos, a veces, podemos advertir un gesto que nos ha estado acariciado sin saberlo, una palabra que ha movido el corazón y nos ha acercado a otro, un odio que se mueve lentamente hacia nosotros o que sutilmente enviamos como dardos, un cuidado esencial que nos alcanza ahora...

Y esa realidad que late tras lo que vemos, y que a veces percibimos, nos permite creer más allá de lo que vemos. El mundo se dilata, y entonces podemos aprender a desvelar verdades, y engaños, distancias, máscaras, caricias, heridas...
Hay que estar muy atento. Mirar como mira un niño, como limpiándonos los ojos todo el tiempo, sin hablar, sin anticipar, sin juzgar.

Recibirlo como don.

Y aceptar.

Y eso nos hace siempre un poco más libres.

domingo, 9 de diciembre de 2012

nunca es del todo


Al principio el barro es blando, maleable. De algún modo me sigue, se deja hacer. Pero al final, al permitir que vaya secándose, que endurezca, al cocerlo... siento que lo que he trabajado tanto va escapando definitivamente de mi control. Esa dureza, ese permanecer ya sin cambiar, es como el final del diálogo entre el artista y el barro.
Pero esa dureza definitiva no es sólo el modo de permanecer en el tiempo, de pervivir, igual que las palabras impresas de un poema, no son sólo su modo de permanecer. Aún hay más milagros.
Lo acabado se traduce, sorprendentemente, en una nueva apertura, en la posibilidad de significar más, de comunicarse con otros. El lenguaje del barro y el lenguaje del artista se han fundido en una palabra, palabra que ha sido purificada por el fuego para que permanezca.
Y es entonces cuando al ser pronunciada por otros, se recrea, crece, cobra una nueva dimensión, suena con el acento propio del que la mira, la toca, la contempla. El don ofrecido se convierte en una palabra nueva que permite descubrir, reencontrar, reafirmar, sensaciones, matices, miedos o esperanzas del propio ser, en su propia historia. El diálogo encuentra sus propias palabras, su propio lenguaje, y se hace don.
Y lo que cada uno interpreta, lee, escucha, siente, ante una obra de arte es tan verdadero como el sentido original del autor. La obra se abre a los otros, se entrega, y creo que esto es enriquecedor especialmente para los que no tienen el don del oficio, porque les permite participar, o más aún, les permite crear, ser también artistas, con  palabras de otros, pero con el acento de su propio lenguaje.
Lo inmóvil es cambiable, porque la luz, y la mirada, y las sensaciones, y los recuerdos, son capaces de transformarlo y transformarse.
Al principio sólo es barro. Tremendamente maleable. Tremendamente frágil.

sábado, 8 de diciembre de 2012

con los ojos cerrados



Al principio es sólo barro.
Mancha, se seca, se acaba deshaciendo en polvo. Tremendamente maleable. tremendamente frágil.
El barro se deja hacer, se deja tocar, trabajar, hacer y deshacer una y otra vez. Con su modo de estar, con su dejarse hacer. Permanece paciente, dispuesto a seguir así o convertirse en otra cosa, esperando mis manos.
Ahí el barro se desvela muy dócil, tremendamente dócil. Me gusta descubrir así que la materia es generosa, que se ofrece en todo lo que es, sin guardarse nada, sin más condiciones que su propio límite.
Cuando manejo el barro así, si estoy atento, si soy capaz de respetar, voy descubriendo que el barro tiene un lenguaje propio, y que en la medida en que entiendo ese lenguaje soy capaz de continuar, de construir, voy descubriendo más, el barro van desvelando secretos... El oficio, es decir, manejar la técnica, saber modelar, conocer los barros, los tiempos de cocción, las texturas... es de algún modo dominar ese lenguaje, esos límites.
Y eso se abre a algo fascinante: es posible establecer un diálogo con el barro y convertirlo en palabra, en encuentro, en acción.
Es verdad que existe una tremenda desproporción entre el barro y el artista. No parece un diálogo equilibrado. Y sin embargo, en esa desproporción, en ese desequilibrio, a veces suele ocurrir algo impresionante: es el barro, el más débil, el que parece tomar el mando. A veces es sólo un instante de alarma, de dificultad, una intuición...; otras veces son horas de trabajo infructuoso queriendo hacerle decir algo, intentando llevarle, dominarlo sin poder... y no porque falte oficio, no porque no sepa hacerlo... es otra cosa.
A medida que aprendo a escuchar el lenguaje propio del barro, voy aprendiendo, a la vez, a escuchar mi propio interior. Es como si el barro pudiera leer mi corazón a través de mis manos, y no me permitiera decir lo que no es mío, lo que no está de alguna manera dentro de mí. Voy aprendiendo, en ese trabajo con el barro, mi propia verdad. Y de la honestidad, del respeto a esto, depende que el diálogo tenga la voz de los dos, la del barro y la mía, que nos diga con verdad, que sea fecundo.