jueves, 16 de julio de 2015

al principio de todo

Vivían en una cueva grande, suficientemente profunda para que les protegiera de la lluvia y del viento. Y de los animales. Y de la noche. Suficientemente alta para que el humo se desvaneciera con la oscuridad de allá arriba. Era una buena cueva.
Cuando llovía, o al derretirse poco a poco la nieve de los días más silenciosos
del invierno, un murmullo de agua caía por una de paredes de la cueva, evitando tener que salir hasta el río, unas decenas de metros más abajo, para beber. Pero en los días de calor, el fluir del agua por la pared cesaba y era necesario andar entre los matorrales hasta el vado para calmar la sed.
La chiquilla bebía en el borde de la corriente. Pensaba qué bueno sería poder tener el agua en la cueva, y no arriesgarse a salir cada día hasta el río. Mirando sus manos juntas y ahuecadas al recoger el agua y acercarla a los labios, algo se encendió tras sus ojos. Miró a su alrededor buscando, sin saber aún exactamente lo que pudiera ser. Pero no encontró nada a su alrededor, y la imagen empezó a desvanecerse.
Al levantarse y volverse hacia la cueva, vio sus pisadas en el barro de la orilla. La luz tras sus ojos brilló un poco más, tomando un color arcilloso y brillante. Se agachó para coger una de sus pisadas llenas de agua, pero el barro se desmadejó al intentar levantarlo en sus manos. Frunció el ceño, y volvió a intentarlo. El agua y la arcilla se deshicieron entre sus dedos. Volvió lentamente hacia la cueva con el ceño fruncido.
Al día siguiente bajó de nuevo al río. Unas huellas más grandes se repartían por el vado, llenas de agua; pero el barro a su alrededor se había secado y endurecido. La luz volvió a encenderse. Se sentó y comenzó a tocar el barro. Al rato, se acordó de que el lugar no era seguro. Cogió un gran trozo de barro húmedo y volvió a la cueva.
Durante varios días lo había intentado muchas veces, pero el agua siempre acababa desapareciendo de aquellos trozos ahuecados de arcilla que trabajaba con facilidad, y que intentaba que fueran como sus manos juntas. Ahora la noche bordeaba la entrada de la cueva, y la única luz era la del fuego que iba descendiendo poco a poco. Todos dormían. Miró su último hueco de barro. Era liso, uniforme, el más bonito que había hecho. Mañana estaría seco y volvería a llevarlo al río para llenarlo de agua. Sus ojos se ensombrecieron: sabía que el agua se escaparía poco a poco y sólo quedaría una forma vacía y deformada. Lo dejó junto al fuego, echó un tronco grande que duraría toda la noche, sintió agradecida el calor de la hoguera, y se tumbó vencida por el cansancio.
La noche había avanzado. Las llamas de la hoguera jugaban a perseguirse, haciendo que todo se moviera a su alrededor. Todos dormían.
El fuego miró a la niña. Era una buena niña. Siempre se ocupaba de darle ramas, troncos, cortezas, para que no se apagara. Ahora ardía con fuerza, y algo parecido a la alegría le atrapaba desde dentro. Había contemplado a la niña y ese juego extraño con el barro. Era una buena niña, y él se sentía agradecido. Dudó un instante, y sonrió. Una llama se elevó un poco más, crepitando como una pequeña risa: “Eres una buena niña. Te regalaré uno de mis secretos.”
El fuego retrocedió un instante, y saltó atrapando con fuerza el tronco. Las llamas comenzaron a crecer, cada vez más poderosas, iluminando la cueva. La niña se movió entre sueños y volvió a quedarse inmóvil. El fuego subió, creció desde el centro del tronco, rodeando el cuenco de arcilla, que comenzó a iluminarse con un rojo vivo, brillante, como si el mismo fuego penetrara y se fundiera con él, transformándolo en luz. A su alrededor, cada objeto, cada superficie, se agitaban y saltaban en una melodía vital, en una danza de fuego, de rojo y sombras, de azul y blanco, de crepitar y de pequeños estallidos que se apoderaban del espacio y del tiempo…
Despertó con la primera luz. La hoguera mantenía una breve llama, silenciosa, inocente, bailoteando entre las ascuas. A su lado, casi cubierta por las cenizas aún templadas, vio su cuenco. Tenía un tono distinto, y al cogerlo sintió la tibieza de la superficie endurecida. Miró extrañada la arcilla entre sus dedos. Luego, despacio, miró al fuego. Una pequeña llama se desprendió hacia arriba, como un guiño, y la luz tras sus ojos volvió a brillar.
Cogió el cuenco y corrió al río, riendo y bailando.